Archivo del Padre Hugo Estrada
 

DEL PADRE DEL MIEDO… AL PADRE DEL AMOR


Es muy común encontrarse con personas que ante las tragedias de la vida, ante los accidentes impredecibles, se preguntan “¿Porqué me castiga dios a mí? ¿Qué he hecho yo?. Comienzan a buscar en su vida pasada algo malo que puedan haber hecho, y ¡claro está!, siempre encuentran algo malo., De aquí deducen que dios se está “vengando” de ellos. Este es un concepto muy común que implica una idea de un dios “pagano”. Un dios que parece futbolista, pues devuelve las patadas que le dan.

Una imagen de un dios terrible, lleva a la persona a tenerle miedo a Dios, a no amarlo. Las personas se tornan ritualistas: siguen en sus prácticas de piedad, a veces escrupulosamente, por temor a que les suceda algo malo, si no lo hacen. Todo esto denota que urge una conversión esencial: del dios del miedo al Dios del Amor. De un dios pagano a un Dios Padre.

Para esta conversión, tan necesaria, puede ayudar lo que narra el evangelista san Lucas en su capítulo 13. Se le presentan a Jesús varias personas para pedirle su opinión acerca de lo que les había sucedido a unos peregrinos que, al ir a ofrecer su sacrificio en el Templo, fueron perseguidos por los soldados de Herodes. La sangre del sacrifico se mezcló con la sangre de los oferentes. Jesús les recordó otro caso: el de la torre de Siloé, que había aplastado a dieciocho personas. Los interlocutores de Jesús demostraban que en los corazones, pensaban que los que habían muerto en estos dos accidentes habían recibido el “castigo” por algún pecado oculto. La respuesta de Jesús fue muy directa:”No crean que los que murieron eran más pecadores que los que quedaron vivos…”! Además, añadió el Señor:”Si ustedes no se convierten, también van a perecer” (Lc 13,4).

Jesús remarcó que debían quitar de sus mentes la idea de que los mencionados accidentes habían sido por causa de sus pecados. De otra suerte, muchos de los que habían quedado vivos, tendrían también que haber muerto. El Señor, más bien orientó a las personas para que en esos momentos de catástrofes impresionantes pensaran en cómo se encontraban ellos mismos ante Dios. Si le sucediera a ellos.
¿Cómo se presentarían ante el tribunal de Dios? Jesús les dijo: “Si ustedes no se convierten, perecerán igualmente”.. Según esto, los accidentes, las catástrofes, sobrevienen sobre los buenos y los malos. No hay que estar sospechando “castigos” de Dios por todas partes.

No son pocos los que con un concepto pagano de un dios justiciero, dicen: “Dios me quitó a mi hijo…a mi esposa…a mi madre…”. Eso de “quitar” a un hijo, a una madre o una esposa, conlleva una solapada carga de resentimiento contra Dios. Como que Dios fuera el causante de los accidentes o de las catástrofes.

Mientras no haya una conversión profunda del dios del miedo al Dios del Amor, muchos seguirán ligados a Dios como aquellos esposos que viven bajo un mismo techo, por la fuerza de las circunstancias: los hijos, la economía, etc. pero ya no se aman, casi se diría que se “soportan” porque no hay otra salida.


PARA GLORIA DE DIOS
El caso del ciego de nacimiento, del capítulo noveno de san Juan, nos puede iluminar al respecto. Los apóstoles ven a un ciego de nacimiento a la vera del camino, pidiendo limosna. Es un caso impresionante. Los apóstoles le preguntan a Jesús que para que ese hombre sufriera esa dura realidad, seguramente debía haber algún culpable. ¿Quién había pecado, sus papás o el mismo ciego?. Según los apóstoles, no había otra alternativa. Jesús los sorprendió cuando les aseguró que el ciego estaba allí para la gloria de Dios (Jn 9,3). ¿Cómo es eso? ¿Para la gloria de Dios?.

Más tarde, los apóstoles comprendieron lo que Jesús les había planteado. El ciego de nacimiento va a tener una de las experiencias espirituales más profundas del Evangelio: Jesús lo sanó.

Se le reveló también personalmente como el Mesías. El que antes había sido ciego se convirtió en un gran testigo del poder maravilloso de Jesús ante los líderes religiosos y ante los del pueblo.
Las cosas de Dios se comprenden paulatinamente conforme vamos viendo que se revela el plan de Dios. Aquel ciego de nacimiento había sido seleccionado por Dios para glorificarlo ante muchas personas de una manera extraña, pero grandiosa.

El caso del profeta Habacuc también tiene mucha luz que proporcionarnos con respecto a la oscuridad de los acontecimientos adversos de nuestra vida, que nunca falta. Ni deben faltar. Ante tantas desgracias nacionales, el profeta Habacuc se atrevió a levantarle la voz a Dios para preguntarle: “Señor, ¿Hasta cuando gritaré pidiendo ayuda sin que tú me escuches? ¿Hasta cuando clamaré a causa de la violencia sin que vengas a librarnos?”. El Señor no le respondió por el momento al profeta, únicamente le inspiró que se dedicara más a la oración y a la meditación. Después de hacerlo, el profeta escuchó que el Señor le respondía: “Tú espera, aunque parezca tardar, pues llegará en el momento preciso…El justo por su fe vivirá” (Hab 2, 3-4).

Habacuc tuvo una conversión total: en lugar de protestar, se propuso alabar siempre a Dios, a pesar de las circunstancias adversas. Esta es la conversión indispensable para el que no quiera ser un cristiano de continuos lamentos, de pesimismo por lo que nos rodea. El que alba a Dios en todo, sabe que no hay otro camino que la paciencia y confianza en que Dios, no es un arquitecto de tercer categoría que no logra diseñar un proyecto para sus hijos.


P. Hugo Estrada Sdb.

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LOS DIAS SON MALOS



En tiempo de Pablo los días”eran malos”, es decir, no propicios para vivir el Evangelio. Nuestros días son lo mismo: no se nos invita a vivir el Evangelio; todo lo contrario, se nos empuja hacia lo mundano, lo anti-evangélico.

Una de las sabias directivas que nos da san Pablo para ir por el camino de la voluntad de Dios se encuentra en la Carta a los Efesios, cuando escribe: No vivan neciamente, sino con sabiduría. Aprovechen bien el tiempo, porque los días son malos. No actúen neciamente: procuren entender cuál es la voluntad de Dios. El hombre carnal carece de la sabiduría de Dios, por eso actúa neciamente”.
Felipe era un hombre lleno del Espíritu Santo. Mientras está predicando en Samaria es impelido misteriosamente hacia el desierto. Se deja llevar, aunque sin sentido, en ese momento en que está predicando. Luego es impelido a acercarse a un carruaje que pasa delante de él. Tampoco tiene sentido. Pero, luego, todo se aclara: en el carruaje va un etíope pagano leyendo la Escritura sin entenderla. Felipe comprende ahora cuál es la misión para la que lo ha traído el Espíritu Santo. Felipe evangeliza al etíope, que acepta a Jesús y pide ser bautizado. El etíope regresa lleno de gozo a Etiopía para ser, seguramente el primer evangelizador en suelo africano. A Felipe, la Biblia lo muestra como un hombre lleno de bendición, de poder de Dios, de gozo. Es porque se deja “empujar” por el Espíritu Santo, que lo lleva a hacer la voluntad de Dios en todo.


Jonás, por el contrario, es exhibido en la Biblia como alguien atormentado, lleno de conflictos, frustrado. Es porque, en lugar de ir a Nínive, a donde Dios lo ha enviado, se va a Tarsis. Dios lo quiere salvar de la perdición y por eso provoca una tormenta que va a inducir a los marineros a que echen al mar a Jonás como causante de desgracias. Jonás es tragado por una ballena. En el seno del gran cetáceo Jonás reconoce sus pecados y pide perdón. Dios concede una segunda oportunidad. Jonás va a predicar y obtiene una conversión masiva de la ciudad de Nínive.

La paz todavía no le llega a Jonás porque su conversión no es profunda. Solamente estaba “asustado” y no convertido. Asustado por haber ido a parar al vientre de una ballena. Ahora, Jonás está disgustado porque Dios ha tenido compasión de los sucios paganos de Nínive. Jonás, como judío, odia a los paganos. Por eso Jonás está insatisfecho. Dios tenía que haber castigado a los ninivitas. Mientras Jonás descansa a la sombra de un ricino, un gusanito roe la raíz del ricino, que se seca al instante. Jonás se enfurece, quiere morir. Dios termina la obra de conversión del duro profeta: le hace ver que si él tiene compasión de un ricino, con mucha mayor razón él, Dios, debe tener misericordia por todos los habitantes de Nínive. Al fin le llega la paz al conflictivo profeta Jonás porque ya aceptó ir por el camino de la voluntad de Dios.

Le costó mucho al profeta Jonás encontrar la paz de su corazón. Dios tuvo que ayudarlo provocando una terrible tormenta que le valió a Jonás ir a parar al vientre de un gran cetáceo. Dios quiere nuestra paz, pero esa serenidad y armonía, que afanosamente buscamos en Tarsis – los caminos del mundo- solamente se encuentra en Nínive- el lugar de la conversión. el camino de Dios. Las tormentas que Dios permite en nuestra vida, están encaminadas a llevarnos a Nínive, a la conversión, al camino de la voluntad de Dios. Es un duro aprendizaje; pero no hay otra salida: o Tarsis de los conflictos o Nínive de la conversión y la paz del espíritu.

Dios quiere bendecidnos, como Abrahán; pero hay una condición: “Hay que salir” de nuestra voluntad para hacer la voluntad de Dios. Para eso se requiere una confianza total en el tiempo y en el plan de Dios. Cuando nos atrevemos a confiar en el plan de Dios y en sus órdenes misteriosas, la paz de Dios morará en nuestro corazón.

Dios no nos quiere “atormentados y conflictivos”, como Jonás. Mientras insistamos en ir a Tarsis –nuestro camino- la paz de Dios no nos puede acompañar. Nos acompañarán solamente tormentas de conflictos e insatisfacciones. Cuesta decidirse por ir a Nínive. Da miedo. Pero es el lugar de la paz. La paz de Dios habitará en nosotros, cuando nos dobleguemos a la voluntad del Señor, que es lo mejor que nos puede suceder en la vida.

Dios nos quiere usar como instrumentos valiosos de gracia para otros, como el evangelizador Felipe; pero para eso hay que aprender a dejarse “empujar” por el Espíritu Santo, que nos lleva a desiertos indeseables, que nos “invita” insistentemente a acercarnos a personas y circunstancias que no nos atraen. Cuando, como Felipe, nos dejemos llevar por la fuerza del Espíritu, nos vamos a dar cuenta de que vamos a ir a parar al lugar más apropiado para nosotros, el lugar de la voluntad de Dios, el lugar de su bendición, que trae el gozo y la paz que no hemos encontrado en otros lugares.

A nosotros nos toca escoger.
Y no es nada fácil

La situación de toda nuestra vida está perfectamente definida en el Salmo I: o somos personas llenas de conflictos e insatisfacción, al escoger nuestra voluntad – paja arrastrada por el viento-. O somos bienaventurados, llenos del gozo del Espíritu Santo –árboles con mucho fruto, plantados junto al río de la voluntad de Dios.


P. Hugo Estrada sdb.

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¿QUÉ BUSCAN? (Jn 1,38).


Después que San Juan presenta a Jesús como la palabra de Dios que viene a poner su casa entre nosotros, nos cuenta la historia de su vocación. Cómo se encontró con Jesús. Cómo los primeros discípulos fueron llamados y se convirtieron a su vez, en evangelizadores. Aquí se encuentra un rico material para ser meditado por el que quiera ser un buen evangelizador.

En primer lugar, aparece el instrumento de Dios para preparar a los primeros apóstoles. Fue Juan Bautista. Dios le había anticipado que le daría una señal para reconocer al Mesías. Cuando vio que una paloma – símbolo del Espíritu Santo- se posaba sobre la cabeza de Jesús, entendió el signo de Dios. Comenzó entonces, a presentar a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Como el que venía para bautizar con Espíritu Santo y fuego.

Además, Juan dio un testimonio valiosísimo ante todos. Un día le preguntaron si él era el Mesías. Juan con toda humildad respondió que él no era digno ni siquiera de desatarle la correa de sus sandalias al Mesías. Juan, claramente, les indicó que él solo bautizaba con agua, pero que el Mesías bautizaría con Espíritu Santo y con fuego. Juan afirmó que, ahora, que llegaba el Mesías, él tenía que disminuir para que el Mesías se agigantara delante de todos.

El buen evangelizador es el que ya se ha encontrado personalmente con Jesús como su Salvador y Señor. Está seguro de él y por eso ya lo puede presentar a los demás como el Cordero de Dios que quita el pecado. Además, el buen evangelizador, como el Bautista, es consecuente con el mensaje que predica. Su testimonio de vida es patente ante todos.

Juan Bautista, como buen evangelizador, había preparado muy bien a Juan y a Andrés. Había predicado con poder una invitación a la conversión”. Los había llevado al Jordán para que fueran bautizados. Juan y Andrés, antes de encontrarse con Jesús para ser evangelizados, ya habían recibido una “Pre-evangelización de parte del Bautista. El buen evangelizador, que ya ha tenido su encuentro personal con Jesús, no da testimonio de su credo, sino de su experiencia con respecto a Jesús.

¿Qué Buscan?
“¿Qué buscan? (Jn 1,38), son las primeras palabras con que Jesús se presenta en el Evangelio de san Juan. De esta manera Jesús se les acerca a Juan y Andrés que lo siguen de lejos con cierta timidez. De esta manera, san Juan nos hace ver cómo la iniciativa de regalarnos su gracia es siempre de Dios. Es Dios el que nos sale en el camino y se hace el encontradizo.

Al decirles a Juan y a Andrés “¿Qué buscan?”, Jesús se está presentando como la respuesta para la incógnita del hombre, que siempre anda preguntándose por su destino: ¿De donde vengo?, ¿A dónde voy?, ¿Qué estoy haciendo aquí?. Las preguntas esenciales que todo ser humano se formula muchas veces en su vida.

Jesús se presenta como la respuesta para todas las interrogantes del ser humano. Por eso Jesús va a afirmar más tarde: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,).

Pero, también Jesús les dice a los tímidos seguidores Juan y Andrés, que le preguntaran por su domicilio: “Vengan y vean” (Jn ,39). Para conocer a Jesús, es preciso “hacer experiencia de Jesús”. Hay que irse con El; vivir junto a El.

Andrés y Juan se fueron a convivir con Jesús. Juan Bautista los había preparado para el encuentro con Jesús. Por eso, rápidamente, captaron que Jesús era el Mesías. En el primer encuentro, comenzaron llamándolo “Maestro”; más tarde, lo descubren como Mesías. Es por eso que Andrés inmediatamente va a contarle a su hermano Pedro que se han encontrado con el Mesías. En el Evangelio, los discípulos llaman a Jesús, Señor. Porque para ellos no es un simple maestro. Los fariseos y escribas, en cambio, lo llaman “Maestro”, No lo han encontrado todavía como el Señor de sus vidas.

En el conocimiento de Jesús hay siempre una progresión. Se puede apreciar muy bien en el caso del ciego de nacimiento (Jn 9). Cuando le preguntan quién lo ha curado, primero afirma que fue un tal Jesús. Luego lo llama profeta. Por último, termina postrándose, en la calle, ante Jesús y reconociéndolo como el Mesías.
Nuestro conocimiento de Jesús debe ir siempre progresando, hasta llegar a declararlo el Señor de nuestra vida.

“Hemos hallado al Mesías”

El que se ha enconado con Jesús no puede quedarse callado. Se siente muy mezquino si no comparte su fabuloso hallazgo con los demás. Si no procura que los otros también gocen de la misma dicha.

Por eso Andrés salió corriendo para compartir su gozo con su hermano Pedro, y para tratar de llevarlo también al Señor.

“Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41), fue la gran noticia que Andrés le llevó a su hermano Pedro. Cuando el ciego de nacimiento se encontró con Jesús, no pudo dejar de compartir con los demás su gozo. Los dirigentes religiosos lo expulsaron de la sinagoga porque no dejaba de hablar de Jesús.

A Pedro y a Juan los quisieron silenciar en su evangelización los dirigentes del pueblo judío. Pero ellos replicaron:”No podemos dejar de hablar de lo que hemos VISTO Y OÍDO” (Hch 4,20). Más tarde Juan va escribiendo un Evangelio para dar testimonio de lo que ha sido Jesús en su vida. “Estas cosas – escribió Juan - las hemos escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengan vida en su nombre “( Jn 20,31). Nunca podrá olvidar Juan lo que significó para su vida haberse encontrado con Jesús.
Desde el momento que hemos encontrado el camino del Evangelio es porque un día el Señor salió a nuestro encuentro. Nos buscó. Es lo que los teólogos llaman la “Gracia”. Algo que gratis el Señor nos ha entregado, sin merecimientos de nuestra parte.

Un día, en nuestra vida, Jesús, también a nosotros nos dijo: “¿Qué buscan?. Jesús llegó a nosotros como el que tiene la respuesta para todas nuestras preguntas. También a nosotros nos prometió que si lo seguíamos veríamos “los cielos abiertos” y ”ángeles que subían y bajaban”. Vida abundante.

Todo eso tiene que haber sido experimentado en nuestra vida cristiana. Si no existe esa “vida abundante”, había que preguntarse si nuestro encuentro con Jesús ha sido auténtico. Todo seguidor de Jesús, por eso mismo, es alguien que no va a dar fe de un CREDO, sino de una EXPERIENCIA DE JESUS.

A todos los que nos llamamos cristianos, el Señor, un día también nos dijo: “Vengan y vean”. Nos invitó a conocerlo más de cerca. Por eso, ahora, nos dice: “Vayan”. Nos envía a llevar a otros la buena noticia que El nos regaló. De aquí nace el compromiso con Jesús de evangelizar a toda persona que se cruce en nuestro camino. De aquí nace la vocación de evangelizador.

P. Hugo Estrada Sdb.

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“El Verbo se hizo carne…”

Con la aparición de Jesús, nos llega la revelación definitiva de Dios. Todas las anteriores revelaciones eran preparación para este momento culminante de la historia. Según el Nuevo Testamento, Jesús nos viene a entregar la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el sentido de la historia. Por medio de Jesús, el Dios invisible se nos hace visible en los gestos de Jesús, en sus palabras. Los milagros de Jesús son el respaldo de Dios Padre para presentar a Jesús como su enviado.

Jesús es Dios actuando en medio de los hombres. Por cierto que Jesús escandaliza a muchos de los que se creen mejores. Les disgusta que Jesús coma con los pecadores, que Jesús perdone a una adúltera, que busque a los más desposeídos, que esté lleno de perdón y de misericordia.

Los evangelistas están seguros que sólo Jesús nos puede decir quién es Dios porque “Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27. El hombre se ha extraviado en los caminos de la historia; su mente está entenebrecida. Al buscar a Dios, muchas veces, se encuentra con ídolos. El hombre por sí mismo no logra saber quién es Dios. Jesús es el encargado de revelárselo; de decirle quién es Dios; cómo actúa en la historia y en la eternidad.

¿Pero cómo hablar de Dios, de su reinado? Jesús se sirve de parábolas para referirse a Dios, a su reino. Busca puntos de comparación en la realidad que viven los hombres para explicarles cómo es Dios. Es como el padre del hijo pródigo. Como el buen pastor que busca a la oveja perdida.

El prólogo del Evangelio de san Juan es una apretada síntesis de lo que el evangelista quiere decir acerca de la revelación que Jesús trae de Dios.

Ante todo nos dice que la palabra se hace carne y viene a poner su tienda entre nosotros. ¡Bella expresión para indicar a Dios que por medio de Jesús, su Palabra, viene a vivir entre nosotros! Dice san Juan: Vino su gloria” (Jn 1,14). Jesús es “el resplandor de la gloria de Dios”. También san Juan recalca: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo Único, que está en el Padre, nos lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). El hombre con su mente turbada por el pecado, no logra descubrir la personalidad de Dios. Por eso Dios mismo envía a Jesús para que sea el revelador del Padre. Los profetas anteriores a Jesús, en alguna forma trajeron mensajes fragmentarios que Dios nos enviaba para que no estuviéramos del todo en las tinieblas. Con Jesús nos ha llegado la revelación definitiva. Ya nadie puede añadir nada más acerca de Dios. Todo está dicho. De aquí que nadie deba pretender tener una visión sobrenatural para ver a Dios, para hablar con él. El que quiera saber quién es Dios, cómo actúa, que lo busque en Jesús que está retratado en los Evangelios. Allí está la imagen humana de Dios. “La imagen visible del Dios invisible” (Col ,15).

En el evangelio de san Juan aparece algo muy claro: todo esto no se puede comprender, si no es por la acción del Espíritu Santo. El hombre con sólo su inteligencia no puede comprender a Jesús ni la revelación que nos trae acerca de Dios. En la Ultima Cena Jesús les promete a sus apóstoles que les enviará un consolador: El Espíritu Santo. Dijo Jesús: “El les recordará todo lo que yo les he dicho…los llevará a toda la verdad” (Jn 16,13). Al referirse al Espíritu Santo, decía Jesús:”No hablará por su cuenta, sino que les dirá lo que ha oído” (Jn 16,13). El Espíritu Santo, esencialmente, viene para recordarnos lo que ya dijo Jesús. La enseñanza de Jesús y la del Espíritu Santo tiene como encargo que las palabras de Jesús sean comprendidas para que nos transformen en imagen de Jesús.

San Pablo añade que el misterio de Dios estaba “escondido”. Desde tiempo eterno ha sido mantenido en secreto (Rom 16,26). El misterio de Dios ya estaba presente en el Antiguo Testamento, pero necesitaba la luz de Jesús para ser comprendido del todo. Y ese misterio de Dios es un bello proyecto de Dios sobre el hombre y sobre el mundo.

Dios sigue hablando:
La traducción de la Biblia ecuménica lleva el sugestivo título DIOS HABLA HOY. Y así es. Dios habló en tiempos pasados y no ha dejado de hablar. Así como el pueblo de Israel se encontró con Dios en su historia, así cada uno de nosotros debemos encontrarnos con Dios en nuestra historia personal y social. Debemos estar atentos para escuchar su voz, para obedecer sus indicaciones, ya que allí está nuestra bendición, nuestra felicidad.

Dios continúa comunicándose con nosotros para manifestarnos su amor, su proyecto de salvación. Dios continúa salvándonos de nuestros Egiptos de esclavitud, de opresión, de miedos, de dudas. Pero para podernos liberar, nos indica el camino: sus mandamientos. Dios nos libera, pero no a la fuerza, sino con nuestra respuesta de fe, que es obediencia. Dios continúa revelándose a nosotros, hablándonos para indicarnos los peligros que hay por el camino, y para señalarnos con claridad el único camino de salvación: Jesús. Jesús les decía a los apóstoles, en la Ultima Cena: “Si ustedes me aman, cumplirán con mis mandamientos”. La respuesta del hombre al amor de Dios, que se introduce en su historia personal, es obedecer sus mandamientos.

Continúa siendo verdad absoluta lo que decía san Pablo: “La fe viene como resultado de oír la predicación, que expone el mensaje de Jesús” (Rom 10,17).

Al acercarnos al evangelio nos encontramos con el enviado de Dios: Jesús. Los gestos y las palabras de Jesús son la voz de Dios que nos dice con claridad cuál es su proyecto de amor para nuestra realización personal y para nuestra salvación aquí y en la eternidad. En los evangelios, Dios exhibe a Jesús; el Espíritu Santo mueve nuestra mente y nuestro corazón para que lo aceptemos por la fe como nuestro Señor, y alcancemos, así nuestra salvación.
Dios sigue HABLANDO HOY, de distintas maneras y formas. Cuando Adán estaba escondido, en la esclavitud de su pecado, Dios se le acercó. Le habló para indicarle cuál es el camino para poder ingresar al paraíso. A nosotros, en nuestros Egiptos de duda, de pecado, de miedo y de angustia, se nos acerca Dios por medio de Jesús, que es su Palabra, y nos dice nuevamente:

“POR AQUÍ SE VA A LA SALVACION”


P. Hugo Estrada sdb

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EL ENCARGO DE EVANGELIZAR

Los historiadores se admiran al constatar cómo los primeros cristianos, antes de tres siglos, ya habían inundado el imperio greco-romano con el cristianismo, ¿Cuál fue su secreto para esta hazaña?, Ellos tomaron muy en serio la orden de Jesús: "Vayan a todas las naciones, háganlas mis discípulos, bautícenlos, enséñenles todo lo que yo les he enseñado a ustedes" (Mt 28, 19-20). Cada cristiano se consideraba un evangelizador. No se andaba preguntando si había realizado cursos bíblicos o teológicos. Cada cristiano de la primera generación se sentía obligado a compartir con los demás su encuentro personal con Jesús, su cambio de vida.

En la actualidad, de sobra sabemos que nuestro mundo se ha "secularizado": expresión técnica para indicarnos que nuestro mundo se ha paganizado, se ha apartado de Dios. ¿Cuál podría ser la causa de este apartamiento del mundo de Dios? Ciertamente, es porque los que nos llamamos cristianos de las últimas épocas, no nos hemos distinguido por ser fervorosos heraldos del Evangelio. La crisis en nuestra Iglesia ha venido, precisamente, por el descuido de la predicación bíblica, por la apatía de los eclesiásticos y la pasividad de los laicos.

Para que se dé una "nueva evangelización", hay que partir del mandato que expresó Jesús de ir a todas las naciones para evangelizarlos. Esta orden tajante del Señor es para todos. Nadie está eximido; ni el eclesiástico ni el laico. Todos nos deberíamos sentir tan obligados a evangelizar, que, como San Pablo, nos debería brotar espontánea la exclamación: "¡Ay de mí si no evangelizo!".


Mientras los que acuden dominicalmente a la iglesia no caigan en la cuenta de que también ellos son "enviados por Jesús para ser evangelizadores, no se puede hablar de nueva evangelización. Porque precisamente, en la nueva evangelización no son sólo los eclesiásticos los que deben ser impelidos a evangelizar, sino que es tarea urgente de todo el que se quiera llamar cristiano.

LO QUE DICE SAN JUAN
San Juan describe a los apóstoles -10 nada más- en el cenáculo. Acaban de enterrar a Jesús. Están temblando. Creen que de un momento a otro llegará la guardia romana a llevárselos a todos. Se sienten frustrados. No lo dicen, pero en el fondo de sus corazones creen que Jesús les falló. Todo terminó. ¿Y ahora? En esas circunstancias de neurosis se encontraban los 10 apóstoles -faltaba Tomás-, cuando, sin que se abrieran puertas ni ventanas así lo afirma Juan, se presentó Jesús en medio de ellos. El susto fue mayúsculo. Pensaban que era un aparecido, un fantasma. Jesús los calmó. Los invitó a comer. Se alegraron con el Señor.

Fue en esta ocasión cuando el Señor les dio la orden de ir a evangelizar. Analicemos el proceso que siguió Jesús para enviar a sus evangelizadores a todo el mundo.

Comenzó a decirles: "Paz a ustedes". Luego les mostró las manos y el costado. Luego prosiguió diciendo: "Como mi Padre me envió, así los envío a ustedes...Recibirán el Espíritu Santo: a quienes les perdonen los pecados les serán perdonados. A quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar" (Jn 20,19-23).

En primer lugar, Jesús les ofrece LA PAZ, la necesitaban con urgencia. Se encontraban con un enorme complejo de culpa; habían negado a su Maestro. Se sentían pecadores. Estaban turbados. Su corazón era un remolino de temores, Jesús se les presenta sin reproches; les ofrece paz. Su perdón. Su bendición.

El motivo de mostrarles LAS MANOS Y EL COSTADO era para que se les fueran las dudas acerca de su muerte y resurrección, Jesús quería que ellos comprobaran que aquel a quien habían crucificado -le habían taladrado las manos, el costado- era el mismo que ahora les hablaba y les entregaba su paz. ¡Había resucitado verdaderamente! Jesús, antes de enviarlos como evangelizadores, quería que sus discípulos tuvieran paz en sus corazones. No podían llevar el Evangelio como buena noticia, si ellos mismos no gozaban ya de esa buena noticia, la paz de Dios en sus corazones.

Jesús, al mostrarles sus manos y costado, buscaba que se les fueran todas las dudas con respecto a su resurrección. Para poder llevar el Evangelio, en primer lugar, tenían que estar plenamente convencidos de la resurrección del Señor.

Un evangelizador, es alguien que ya experimentó la paz de Dios: que está seguro de que Jesús ha resucitado. De la muerte resucitado. De otra suerte, se encontraría inhabilitado para llevar "una buena noticia", al oír hablar de un Jesús "vivo".

Luego Jesús continúa diciéndoles: "COMO MI PADRE ME ENVIO, ASI LOS ENVIO A USTEDES". Jesús fue enviado para encarnarse en el mundo; para ser el Evangelio de Dios entre los hombres. Bien decía San Juan que "la palabra puso su tienda entre nosotros".

Jesús fue enviado para ser hombre entre los hombres. "En todo igual, menos en el pecado", dice la carta a los Hebreos. Jesús para eso, se "despojó de su rango de Dios y se hizo uno de tantos" (Fil 2,5).

Jesús, además, fue enviado para "morir" por los hombres. Una muerte expiatoria. Para que los pecados de los hombres fueran perdonados.

Al decirles Jesús a sus discípulos que los enviaba como el Padre lo había enviado a El, les estaba indicando que debían ir a poner su tienda entre los hombres; los mandaba a encarnarse en la sociedad, a vivir sus alegrías y tristezas. Los enviaba a "despojarse" de todo privilegio, para estar a la par de todos sus hermanos.

Además, los enviaba a "morir" por los hombres. A sacrificarse por ellos. A servirlos. A lavarles los pies. Debían ser como el grano de trigo que tiene que morir para poder dar fruto.

En una obra de teatro, titulada "El Diluvio que Viene", se valora mucho la encarnación que el evangelizador debe tener en la sociedad. En un pueblo se ha anunciado de parte de Dios un diluvio. Deben construir un arca para salvarse. Todos se ríen del sacerdote y de sus colaboradores que construyen el arca. En lugar de convertirse los del pueblo, abunda la prostitución, las borracheras, el libertinaje, llega el diluvio. Los constructores del arca ingresan. Abajo, ahogándose, están los de la mala vida. Hay un momento en que el sacerdote dice que no soporta más. Se baja del arca para tratar de salvar a los que están por perecer. Debido a este gesto tan generoso, Dios perdona a todos los del pueblo. Se suspende el diluvio.
Un evangelizador es enviado "como Jesús". Es otro Jesús que va para encarnarse en la sociedad, para sacrificarse por ellos. Para morir por ellos.

Eso entendía Jesús, cuando le decía a sus discípulos que los enviaba como el Padre lo había enviado a El.


EL ESPIRITU SANTO
A continuación, Jesús sopló sobre los apóstoles y les dijo" RECIBAN EL ESPIRITU SANTO". En este momento, hubo un adelanto de Pentecostés. La primera providencia que Jesús tomó para con sus enviados, fue entregarles su Espíritu Santo. En la Ultima Cena les había prometido que no les dejaría solos, que les enviaría "otro Paráclito", para que les recordara todo lo que les había dicho, para que los fuera llevando a toda la verdad. Lo primero que los apóstoles necesitaban, ahora que Jesús ya no iba a estar físicamente con ellos, era contar con su Espíritu Santo que no los abandonaría en ningún momento, que estuviera dentro de cada uno de ellos.

Sin el Espíritu Santo no puede haber evangelizador. El heraldo es el que al llevar el mensaje, puede decir como Jesús:"He sido Ungido por el Espíritu Santo para traer el Evangelio..."(Lc 4,48). Sin el Espíritu Santo, sólo podemos llevar "nuestro propio Evangelio". Con el Espíritu Santo, llevamos el Evangelio que "es poder de Dios para salvación del que cree" (Rom 1,16).


LA RECONCILIACION
Para concluir, Jesús les dijo: "A QUIENES LES PERDONEIS LOS PECADOS, LES SERAN PERDONADOS. A QUIENES NO LES PERDONEIS LOS PECADOS, LES QUEDARAN SIN PERDONAR."

Después de haberles entregado su PAZ, su perdón, ahora los envía a ser repartidores de perdón. Los envía a anunciar una "amnistía" para los que se arrepienten.
Jesús, primero, los reconcilia con Dios por medio de su muerte y su resurrección y, luego, los envía a ser reconciliadores, a convertirse en repartidores del Evangelio de perdón.

Una de las necesidades más grandes y urgentes del ser humano, es sentirse perdonado, en paz con Dios.


El hombre en pecado es como Adán que se esconde de Dios y tiembla de miedo. El evangelizador es el que, después de haber experimentado el perdón de Dios, va a ofrecer el
perdón de los pecados a los que reconozcan sus pecados y pidan perdón.
Fue, precisamente, el día de la resurrección, cuando el Señor entregó a su Iglesia, por medio de los apóstoles, el ministerio del Perdón, el Sacramento de la Reconciliación. Va a sacrificarse como Jesús por sus hermanos.

De esta manera, narra San Juan, cómo Jesús los envió como evangelizadores a todo el mundo. De esta manera Jesús continúa enviando a todos sus evangelizadores a llevar su mensaje de salvación.

P. Hugo Estrada sdb.

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